Ayer, caminando por la calle, no pude evitar escuchar una conversación telefónica de una mujer. Digo que no pude evitarlo, porque su vocabulario me llamó la atención, y no precisamente por su exquisitez.
En pocos segundos me formé una idea concreta de ella, que no era lo que se dice “de una doncella”, y con esta imagen en mente, me di la vuelta para comprobar que estaba en lo cierto. Qué sorpresa me llevé: se trataba de una joven señora entre unos treinta y cuarenta años bien vestida y arreglada, con un estilo más cercano a una “buena chica”, más que a otro, que sus palabras sugerían.
Cuando pensamos en estilo personal, solemos pensar en cómo vestimos, cómo nos movemos o cómo nos presentamos ante los demás. Sin embargo, hay un elemento que a menudo olvidamos y que tiene un enorme poder: nuestra comunicación verbal.
Las palabras que elegimos, el tono que utilizamos, el ritmo al hablar y la manera de expresar nuestras ideas proyectan mucho más de lo que imaginamos.
Nuestra forma de comunicarnos transmite seguridad o inseguridad, cercanía o distancia, autoridad o vulnerabilidad. Puede generar confianza, despertar interés, crear vínculos o, por el contrario, levantar barreras.
No se trata de hablar mucho, utilizar palabras sofisticadas o tener un discurso perfecto. Se trata de ser conscientes del impacto que tienen nuestras palabras y de aprender a utilizarlas de forma coherente con quiénes somos y con lo que queremos transmitir.
Porque nuestro estilo personal no termina en nuestra imagen exterior. También se construye con nuestra voz, nuestras palabras y nuestra capacidad para conectar con los demás.
La verdadera elegancia al comunicar no está en impresionar, sino en dejar huella.
Y tú, ¿eres consciente de lo que tu manera de hablar comunica sobre ti?
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